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Edición Enero-Marzo 2018 / Volumen 16-Número 1

Editorial

Ciertamente, es un deber de todo médico no sólo dedicarse a la noble labor asistencial, sino también complementarla con la docencia y la investigación, pero cuando esa investigación sólo se enfoca en el objetivo de “ser visto por otros” y no por los propios, ¿realmente influimos en nuestra sociedad y en nuestros pacientes? (que son los primeros en quienes deberíamos pensar). O ¿con qué propósito queremos tener impacto?: ¿en nuestro currículum?, ¿prestigio?, ¿ascenso profesional?... Y todo eso está perfectamente justificado y es benéfico y correcto para quien lo realiza, como también es muy injusto estar supeditado a labores en las que a las instituciones sólo les importa ver publicaciones nuestras en revistas internacionales; y por otro lado, la mayoría de los investigadores extranjeros favorecen esta conducta al no valorar los trabajos escritos en español, lo cual alimenta este círculo vicioso. Pero definitivamente creo que no debe ser lo único que nuestro trabajo escrito debiera perseguir, sino que al realizarlo y comunicarlo también debemos pensar en que esta información puede servir como guía, orientación o propuesta de alternativa cuando nos encontramos con un caso cuyo diagnóstico o tratamiento no sabemos abordar del todo, o cuando a pesar de las técnicas o esquemas de tratamiento conocidos no logramos identificar algún agente causal o no hay buena respuesta terapéutica, y desconocemos que puede haber opciones útiles y eficaces ya ensayadas y comprobadas que no volteamos a ver, como si estuviéramos en el ojo de un huracán, donde el viento golpea “hacia afuera”, pero hacia adentro no hay movimiento, por lo que vuelvo a lo anterior, hay mucha gente aún (aunque no me cuente yo entre ellos) que no sabe hacer búsquedas en línea en sitios certificados, de modo que la gran mayoría de la producción de nuestros mejores autores queda desconocida para aquellos que sólo se limitan a los resultados arrojados por buscadores convencionales, incluyendo a algunos residentes, quienes no verifican las fuentes que consultan y sólo dan por bueno lo hallado sin hacer un juicio o, por el contrario, a quienes se les inculca que sólo la literatura en inglés o de revistas internacionales merece la pena consultarse, omitiendo en muchas ocasiones datos valiosos respecto al trabajo de numerosos clínicos que sí comunican su experiencia en nuestros órganos informativos. 

De esta manera, el impacto que nos importa lograr no es el mismo que nos debería importar a la mayoría, por lo que lo justo sería “repartir” parte de esos “grandes trabajos” entre las publicaciones nacionales e internacionales, a fin de no sólo publicar aquello de menor relevancia en las revistas mexicanas de dermatología y de no dejar sin ese valioso conocimiento a aquellas personas a las que ya me he referido líneas arriba, al tiempo que seguimos contribuyendo con el conocimiento en nuestra área a niveles superiores y en el ámbito de difusión nacional, en pro de lograr que nuestras propias revistas también “tengan impacto”.